Esposas
Recordé mis esposas y lo que habría pasado si hubieran quedado allí, arrumbadas en la gaveta de la ropa interior, si las hubiera encontrado el siguiente inquilino
Una vez me regalaron unas esposas. Unas de esas de plástico o de latón y aros forrados en peluche, para someter de mentirijillas al amante de turno. Me dio tanta vergüenza recibirlas que terminaron en un cajón y, al desmontar mi casa para la penúltima mudanza aparecieron, ridículas y sin más contexto que ser el último objeto con el que me topé cuando terminó la etapa de ser la esposa de alguien.
Las tiré, como tiré tantas otras cosas. Tengo la virtud de saber desprenderme de todo lo que me sobra, siempre que ese sobrante se halle extramuros de mí misma, claro. Revisitando Friends con mi hija, tiempo después, vi que mi historia rimaba con la de la abuela Geller, que también guardaba unas esposas. Aquellas dieron lugar a los esperables equívocos de la sitcom en cuestión, y recordé las mías y lo que habría pasado si hubieran quedado allí, arrumbadas en la gaveta de la ropa interior, si las hubiera encontrado el siguiente inquilino. Es más; pensé en la excelente idea que habría sido dejarlas. Pero a mí todas las buenas ideas, sobre todo las perversas, se me ocurren demasiado tarde.
La palabra ‘esposa’ procede originariamente del griego σπένδω (‘spendo’), que era el acto de derramar unas gotas de vino, ¡viva el vino!, en el altar de alguno de sus dioses para sellar un acuerdo comercial. Aquel acto devino en algo así como un compromiso, motivo por el que de ‘spendo’ se pasó a ‘sponsus’ en el sentido de ‘prometido’, o de ‘sponsa’, prometida. De aquí proceden los esponsales, palabra harto cursi que aún usa algún medio de jaez conservador, y también los espónsores de competiciones o eventos varios. La derivación de esta palabra hacia su otro significado es la asociación de matrimonio a falta de libertad; al parecer, no he podido constatarlo en una fuente veraz, dicha asociación tiene su origen en la Edad Media. Que sea ‘esposas’ y no ‘esposos’ para nada atufa a machismo: está en tu cabeza.
El 9 de junio, una esposa podría ser esposada si se niega a doblegarse a los caprichos de un hombre. Curiosamente no es su esposo, con lo que la paradoja es doble: quien la pone en semejante brete es un juez que ha hecho de la inanidad el brillante final de su carrera. En su cabeza era espectacular, como cada show que perpetra. En las últimas horas escuché a alguien decir que el momento en el que ese presidente del que usted me habla se desentendió de una causa política y la dejó en manos de los jueces, estos tomaron el testigo del devenir del país. Y en estas estamos: con las esposas puestas, con el vino derramándose en bocas y altares que no son los nuestros, con las grandes empresas esponsorizando un futuro inminente que, lo sabemos, toca a rebato.
También os digo que las esposas de mentirijillas se rompen a poco que movamos un poco los brazos.


